Volando entre paredes

Volando entre paredes

12 jul. 2018

Sí, la vida cuesta



Sí, la vida cuesta. Cuando nos hacen daño es difícil perdonar. Lo fácil es
aferrarte a lo negativo, desdibujar la realidad, renacer los viejos fantasmas.
Sí, podemos escoger meternos en nuestra burbuja de tristeza, decidir mentirnos
para no sufrir, huir hacia adelante sin mirar atrás para no convertirnos en
estatuas de sal. Pero nos equivocamos, el miedo nos paraliza, nos autoengaña,
niega el <nosotros> porque niega el <yo> y eso nos convierte en sombras.
Actuar así puede ser un mecanismo de defensa entendible un tiempo pero
debemos superarlo, debemos ser justos con nosotros mismos. Hay que ser
 justos con nuestro futuro y conseguir que el pasado <recreado> no nos paralice.
Hay que ser justos con la verdad en parte mala pero también maravillosa de lo
que fue, de lo que fuimos y sentimos. Esa verdad palpable que está ahí por muchos
 muros que queramos construir. No hay proscripción que pueda al final vencerla
porque mana a través de las grietas, la verdad fluye dentro de nosotros. Debemos
 recordar que también hay otra pluma herida, que también sufre arrepentida y
necesita tu nido. Esa pluma que, tal vez nos lastimó cual ser imperfecto, pero no
podemos olvidar las veces que nos cuidó, protegió y defendió. En ocasiones el
 conjuro mágico del vuelo no sale bien a la primera, sobre todo entre polluelos.
Pero ¿A quién no le ha arrastrado el viento interior alguna vez en dirección opuesta
a lo que más desea? Sinceramente yo me he perdido algún que otro rumbo. Por eso,
pienso que cuando nuestra alma nos dice que <es> y esa autenticidad se manifiesta
 casi como un milagro cósmico, sólo una es la respuesta: luchar y apostar, pidiendo
perdón y perdonando al mismo tiempo. Duele, claro. Romperse el ala duele. Sentir
que la garra te abre en canal, duele. Pero con el tiempo más duele no ser, no ser
habiendo tenido en ti la posibilidad de volar y no de cualquier manera, sino juntos.
Sí, la vida cuesta y en ello radica su grandeza, su valor y el nuestro. ¿Quieres volar?

Marisa López, “de la loca que conocí hace tiempo”



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