Volando entre paredes

Volando entre paredes

septiembre 29, 2010

Eran otros tiempos

Por aquellos años la miseria se instalaba en los tejados en forma de hierbajos que se iban adueñando hasta dejar pasar el agua entre sus raíces y humillar a los habitantes. En el interior, miedo y hambre se daban la mano, pero ni así desaparecía la esperanza de aquella gente ante la vida.
El fuego se alimentaba de carbón y daba calor a una olla condimentada con tanta ilusión que cocinaban tortillas sin huevos. Si era día de cobro, unos alones de pollo, alguna patata y restos de verduras conseguidas entre las que desechaban en el mercado componían un festín para la familia. El azúcar era un lujo que no se podían permitir y él procuraba despistar azucarillos del bar en el que conseguía echar unas jornadas a la semana.
La ropa, con primorosos remiendos, les daba un aspecto pobre pero digno que se advertía en la calidad de los tejidos denotando que vivieron tiempos mejores. Sólo tenían un par de zapatos por miembro que guardaban cuidadosamente para ocasiones especiales, el resto del tiempo andaban en zapatillas de lona, de lana o borra en invierno, las botas hacía tiempo que se rindieron ante el temporal.
Eran inviernos duros y largos, la lluvia y el frío se alternaban, cuando no compartían calendario a un tiempo y regalaban a la chiquillería una capa de nieve que poco tardaba en perder su blanco cegador. Incluso los adultos, a pesar de los inconvenientes, se mostraban ilusionados ante aquél fenómeno, esperanzados en que se cumpliese el refrán.
Las calles sin asfaltar brindaban un aliciente a los niños, que apostaban qué perro caería antes en el bache ahora oculto por la nieve, que vehículo de los pocos que se veían por el barrio quedaría atrapado teniendo el conductor que recurrir a su ayuda a cambio, eso sí, de una recompensa económica que nunca excedía unos céntimos, pero que a ellos les parecía una fortuna.
En verano, las tormentas, formaban burbujas sobre la tierra transportando en su interior los sueños de la vecindad, igual que los farolillos quemados por los orientales para enviar regalos y mensajes a difuntos.